El clientelismo político y sus variantes latinoamericanas: caciquismo, gamonalismo y coronelismo

Fecha: 04/03/2007
Categoría: Estudios Sociales
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El clientelismo político y sus variantes latinoamericanas:

caciquismo, gamonalismo y coronelismo

 

Carolina Bracco

 

Clientes del subdesarrollo

 

Hoy en día, resulta innegable la importancia de las prácticas clientelares en tanto fundadoras de un modo de hacer política que echó raíces en gran parte de Latinoamérica; a través de ellas se constituyó una manera de ver el espacio público confundido con el privado, que ha prevalecido hasta hoy. Es por ello que resulta indispensable ahondar más en sus características si se quiere tener una mejor comprensión del escenario político actual.

Hay una aceptación generalizada entre diferentes autores en tomar como característica fundamental del clientelismo la satisfacción de demandas particulares en detrimento de proyectos de transformación social a largo plazo.

Creo que en una Latinoamérica que hoy lucha por una nueva forma de hacer política, el estudio del clientelismo es esencial para poder formular nuevos modelos de desarrollo. Es por ello que el presente análisis intentará profundizar en el tema de una manera analítica e histórica, haciendo hincapié en las particularidades que dieron inicio y luego perpetuaron esta relación específica de dominación; tomando como herramienta de estudios los casos mexicano, brasilero y peruano.

Caciquismo, coronelismo, gamonalismo. Diferentes términos que refieren a un mismo fenómeno que se caracteriza por ser una institución gestada durante la colonia y que, sin embargo, aún hoy sigue siendo funcional para la perpetuación de las relaciones de poder a la vez que es causa y efecto del subdesarrollo latinoamericano.

 

 

Clientelismo: una primera aproximación

 

El clientelismo como práctica política surge en América Latina durante la conformación de los Estados nacionales de tipo oligárquico, los cuales se caracterizaron por su estrecha base social y exclusión de las mayorías. Gracias a esto, el clientelismo encuentra su espacio y se desarrolla, sobre todo, en zonas aisladas, donde la presencia de este Estado en gestación es mínima o aún nula. En estos lugares olvidados y marginados por toda política pública, la función social es llevada a cabo por los grandes latifundistas, patrones que satisfacen las necesidades de sus “clientes” a cambio de alguna retribución en otro ámbito (ya sea trabajo, apoyo político y/o servicios personales).

Los clientes, por su parte, ven en el patrón una figura confiable que los defiende y se preocupa por ellos; debido a esto le obedecen con complacencia, en el peor de los casos con apatía, casi nunca a disgusto. Toda relación de explotación y dominación queda así encubierta por los lazos de “amistad” o parentesco real o ritual que el patrón establece con sus clientes. Esto torna imposible el cambio, pues los clientes no pueden tomar conciencia de clase. Se da así un tipo de solidaridad vertical que no permite la transformación de la sociedad, pues los intereses de clase quedan ocultos. Más aún, la constante pugna entre los diferentes anillos clientelares refuerza los lazos internos y establece una situación de equilibrio.

Apelando a la lealtad -un elemento de la dominación de tipo tradicional-carismática en términos weberianos utilizado estratégicamente por los patrones- se puede generar consenso sin establecer coerción. Es por ello que el clientelismo decae con la democratización de la política y la consecuente aparición –invocando nuevamente a Weber- de la dominación de tipo recional-burocrática que torna obsoleta estas prácticas y su consecuente reformulación.

Luego de esta aproximación, proponemos la siguiente definición de clientelismo según sus principales características:

 

Denominamos clientelismo político a un tipo de relación basada en el intercambio de favores, intercambio que es recíproco pero desigual ya que sólo el patrón tiene los recursos, que dará al cliente a cambio de apoyo político, trabajo u otros servicios personales. Su característica más importante es que es una relación cara a cara, la cual se acompaña de formas de parentesco reales o rituales –compadrazgo, padrinazgo-. La reproducción de esta relación no se da por vía de la coerción, si bien puede aparecer, sino por los sentimientos de lealtad y fidelidad hacia el patrón por parte de los clientes.

 

 

El gamonalismo peruano

 

En Perú se destaca una geografía que divide al país en dos: la costa y la sierra. Esta división no es meramente topográfica, sino también social y económica. La costa es moderna, española y mantiene un constante contacto con el exterior; mientras que la sierra es tierra feudal, atrasada, exclusivamente agrícola y de población aborigen.

Esto es, precisamente, lo que propició el desarrollo del gamonalismo, estructura feudal heredada de los tiempos coloniales.

Debido a la mentalidad de los latifundistas, encontramos que tanto las áreas mineras como las de mayor perspectiva económica del país fueron abandonadas a la explotación de capitales extranjeros, mientras que ellos buscaban tan sólo mantener el monopolio de sus tierras y operaban como simples intermediarios para con los primeros.

Por otra parte, debemos considerar la situación de los clientes. En su gran mayoría indígenas despojados de sus tierras, paupérrimos e ignorantes, eran apropiados por los latifundistas para el cultivo de sus haciendas. Dentro de ellas, el poder de los gamonales se legitimaba a través del paternalismo. “El y su gente conformaban una especie de gran familia donde podía ejercer, sin vacilación alguna, su autoridad y su despótica ternura paternal”[1]

Respetuoso acérrimo de las costumbres, este patrón vivía con –y a veces como- sus colonos aborígenes, compartía su cultura y rituales, formando parte de la comunidad. Además, su figura poseía un carácter mágico, lo que también constituía parte de la legitimidad de su dominación.

En nombre del más ortodoxo tradicionalismo y vanguardado por las relaciones afectivas que mantenía con sus colonos, el gamonal perpetuaba su poder basándose más en el consenso que en la violencia, pues los aborígenes lo consideraban como uno de ellos y le brindaban su apoyo. Esto, sumado a otras prácticas menos nobles llevadas a cabo por los gamonales para el mantenimiento del orden vigente –tales como el cultivo del alcoholismo en los colonos y su rechazo a la educación-, evidencia la imposibilidad de un cambio estructural.

 

 

El caciquismo mexicano

 

Mientras el gamonal peruano se identificaba con un jefe rural, duro y caudillesco que basaba su legitimidad en el paternalismo; “el cacique es un intermidario que hace uso de de su posición estructural para establecer un dominio sobre la región, maniobrando, con poder e influencia en dos esferas simultáneamente.”[2] Esto quiere decir que el cacique opera principalmente como negociante  entre su comunidad y el poder supralocal. Esta tarea lo sitúa eb medio de dos culturas políticas, por lo que debe mostrarle a ambas partes la conveniencia de su mediación.

Con su gente se relaciona a través de lazos personales, de amistad y patronazgo. Es considerado en tanto organizador y unificador de la comunidad. No obstante, cuando no logra mantenerse en el poder mediante el consenso, puede apelar a la violencia.

El cacique es, a su vez, cliente de miembros superiores del gobierno, relación que le primero aprovecha para aumentar su prestigio; así como intenta, al mismo tiempo, sacar tajada de cualquier negocio que caiga en sus manos.

En tanto opera como bisagra entre los distintos grupos (y se beneficia con ello), busca a toda costa monopolizar la relación entre ambos y mantener la necesidad de su intermediación. Por lo tanto “…su actividad tiende a hacer más rígidos los niveles y a fortalecer los dominios…”[3], evitando así toda confrontación.

Vemos como en este caso, los caciques en realidad no toman el lugar del Estado sino que dependen de él para satisfacer las demandas de su gente.

Se ve así manifestado, en estos dos casos, la capacidad de los patrones de prolongar su dominación recurriendo a la alianza con sus subalternos, quienes, viendo satisfechos sus reclamos, justifican su poder y responden a su autoridad con conformidad.

Es menester sin embargo marcar algunas diferencias no menores entre el gamonalismo y el caciquismo. Si bien Mariátegui utiliza ambos conceptos indistintamente[4], la noción de gamonalismo no expresa únicamente una categoría social y económica –la de los latifundistas-, más bien refiere a todo un fenómeno que comprende no sólo a los gamonales propiamente dichos, sino también a una extensa jerarquía de funcionarios, intermediarios, etc. El factor central del fenómeno es la hegemonía de la gran propiedad semifeudal en la política y en el mecanismo del Estado.

 

 

El coronelismo brasilero

 

En el Brasil de la Primera República todo coronel era parte en nivel elevado de un grupo de parentela vasto. Los grandes coroneles eran jefes supremos de su parentela y de las parentelas aliadas, pudiendo traspasar –a diferencia de los otros dos casos- el –ámbito regional o local y presentarse a nivel nacional. Es justamente la parentela el origen de la estructura coronelística. Dentro y fuera de estos grupos las relaciones podían ser de alianza o competencia, llevando estas últimas a divisiones y la sucesiva constitución de grupos enemigos de parientes.

Así, la parentela era un elemento que auxiliaba y facilitaba el ascenso social y político, ya que toda la sociedad estaba recortada en grupos de este tipo. Aún así, el verdadero motor de ascenso era constituido por los bienes de fortuna, siendo este el fundamento de la estructura coronelística. Cuanto mayor riqueza se poseía, mayor era la capacidad de “hacer favores”. Estos redundaba en la extensión del electorado y en el ascenso dentro de la jerarquía política; ya que el poder político era medido según la cantidad de votos que podía conseguir un coronel. Como en los casos peruano y mexicano, la manera en que el jefe político captaba y conservaba a los electores –clientes-, era gracias a favores indispensables para estos.

 

 

Conclusiones

 

Hemos observado como las características propias de cada caso reseñado no son determinantes para el estudio del clientelismo como fenómeno histórico y social, sino más bien cómo las particularidades de cada región fueron determinando la estructura y el funcionamiento de las prácticas clientelísticas.

Así vimos como en el caso del gamonalismo, la división costa-sierra gestó el desarrollo de una estructura feudal, rasgo que es bien propio de la realidad peruana. En el caso mexicano, si bien también fue originado en la época de la colonia fue fortalecido por la revolución de 1910, donde los caciques tuvieron un papel importante. En este caso se observa un clientelismo más de tipo político, que se acerca más al coronelismo brasilero; cuya organización y estructura es bastante diferente a los otros dos casos; donde el coronel es un elemento clave para conocer las líneas divisorias entre los grupos y subgrupos en la particular estructura tradicional brasilera.

Por supuesto que deben quedar aún muchos rasgos por investigar. No obstante, creo que cualquier estudio que enriquezca el conocimiento de las condiciones de posibilidad de las sociedades –y los Estados- en los que vivimos hoy es siempre un aporte a la creación de sociedades más justas y solidarias.

 

 

 


[1] Burga, M y Flores Galindo, A, “El consenso y la violencia”, en Falleti, T. Giordano, V. y Rodríguez, G. (comps.), Clientes y Clientelismo en América Latina, DT/2, Serie III, Tomo I. Ed. Cinap, Buenos Aires, 1997, pág. 24.

[2] Salmerón CAtro, F., “Caciques. Una revisión teórica sobre el control político local, , en Falleti, Giordano, V. y Rodríguez, G. (comps.) op. cit., Tomo II, pp.35-36.

[3] Ídem, pág. 20.

[4] Mariátegui, J.C. Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Ed. Amauta, Lima, 1972.

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